Informes
parciales:
Informe nº6
18/04/05
Sofía Caravelos,
abogada, La Plata, Argentina
Cuando
llegué a la Audiencia Nacional,
el día 18 de abril de este año,
todo daba la apariencia de que allí se
estaba celebrando un juicio. Una sala preparada,
todos los letrados con toga, torres de papeles
precintados en el centro de la escena, computadoras
desarmadas, imputados, guardias de seguridad,
jueces tiesos y un fiscal que iba a dar comienzo
a su informe final.
Sin embargo, a medida que fui escuchando ese informe,
empecé a entender que no se trataba de
un proceso judicial, tal como me lo había
imaginado desde estas latitudes, sino que estaba
en presencia de un proceso enteramente diferente.
Me hallaba frente un Estado, el Estado español
(como aprendí a nombrado a partir de mis
visitas a Cataluña, al País Vasco
y a Galicia), que representado por su Fiscal,
intentaba hacer entrar en un corsé jurídico,
un conflicto social. Y no solo eso, sino que valiéndose
de distintos mecanismos para-jurídicos,
pretendía “resolver ese conflicto”
solicitando al Tribunal se sentenciara imponiendo
una verdad, que se anunciaba como la única
versión válida y aceptable de la
historia, de la política, de las relaciones
entre los hombres.
A partir de ese momento empecé a entender
el alcance de la utilización de la figura
del terrorismo, como forma de someter la disidencia
política, convirtiendo en delito todo lo
que toca y en delincuentes a sus actores.
El idioma utilizado,
fue el castellano
Y esto puede parecer una obviedad, si estamos
hablando de un juicio en Madrid, pero aparece
como un dato significativo, ya que todos los imputados
hablaban otro idioma madre, que no es justamente
el castellano y lo que estaba siendo juzgado,
las conductas y las prácticas que estaban
puestas en el banquillo de los acusados, se expresaban
mayormente en ese otro idioma.
Sin embargo, la imposición del lenguaje,
no se redujo a la distancia provocada por el hecho
de que la autoridad instituida utilizara un idioma
diferente del que comprendían los imputados,
(aunque no se trate de una distancia menor, pensemos
en la analogía de los procesos judiciales
a los pueblo aborígenes en América
latina) sino que además y en muchos tramos
del informe fiscal, se evidenció el violento
intento de un Estado, de penetrar en el sentido
y los usos del lenguaje.
Presencié un verdadero juicio a las palabras.
“Dar caña”, “luchar”,
“condenar”, “persecución
social”, fueron los términos de los
que se valió el fiscal para acreditar que,
en boca de los imputados, esas palabras, daban
por probado la participación de los jóvenes
vascos a la organización ETA.
Se intentaba darle explicación madrileña
a frases, consignas, o cantos, que habían
sido extraídas de pegatinas o de escuchas
telefónicas (es decir del lenguaje político
y coloquial entre jóvenes de otra cultura),
sin siquiera tener presente la distancia simbólica
que implica haber sido dichas en otro idioma y
en otro muy particular contexto. Como si no fueran
jóvenes los que las usaran, como si no
hubieran sido dichas en la calle, haciendo política,
como si ellos no pertenecieran a una generación,
a otro pueblo, generadores y partícipes
de determinadas prácticas políticas,
de códigos propios de comunicación
entre los que son parte del grupo y frente a los
que se dirige el discurso.
Y para hacer ello, no debía echarse mano
a ninguna explicación diabólica.
Simplemente, hacerse cargo de que el derecho no
es capaz de abordar el lenguaje, como una forma
de comunicación compleja, y que para conocer
o extraer conclusiones de su uso, es preciso el
auxilio de aquellas otras disciplinas que lo asumen
como su objeto de estudio.
Solo de un análisis completo, puede extraerse
sentido.
De lo contrario, el analista se convierte en un
descuartizador que no quiere ver, y que solo encuentra
aquello que quiere encontrar, desde su propia
lógica, lo que no es más que decir,
que necesita confirmar lo que ya creía
saber, sirviéndose de una pseudo- semántica
como la mejor excusa para probarlo.
Y el avasallamiento se extendió a otros
campos de las ciencias sociales
Y digo avasallamiento, porque quien fuerza el
sentido de las cosas, las intenta doblegar.
En ese informe que pronunció el fiscal,
no solo apareció el Estado intentando modificar
las formas del lenguaje, sino intentando penetrar
en los modos de relación entre los individuos,
determinando y sentenciando acerca de los “modos
correctos” y los que no lo eran, convirtiendo
a los primeros en delito.
El Fiscal mencionó en varias oportunidades
que los testigos (muchos de los cuales pertenecieron
a ETA) saludaron y dieron muestra de afecto a
los imputados y que ello era “evidencia”
de la correspondencia que existió y existe
entre ambas organizaciones.
El saludo, la expresión de afecto, aparecieron
como conductas cuestionadas, usándose como
prueba de la imputación.
Y si sumamos esto a lo anteriormente dicho respecto
del lenguaje, podemos concluir que en ese informe
final, todo lo que daba cuenta o expresara la
identidad nacional, aparecía como la prueba
de estar frente a “algo” peligroso.
Todo aquello que no se amoldaba a determinados
valores, estilos de vida, concepciones del mundo
o creencias, fue condenado por el Estado.
Y ello no es casual.
Porque en la Audiencia Nacional se estaba hablando
de terrorismo.
Y hablar de terrorismo implica decir que existe
“el mal” y los poderes del bien (
el Estado) deben enfrentarse con todas sus armas
y recursos para doblegarlo.
Pero en definitiva, no se dice nada.
La figura del terrorismo, tiene la plasticidad,
la ductilidad, que le permite al juzgador de turno
adaptar la figura a las circunstancias del momento.
Una suerte de significante vacío, un comodín.
Terrorista será entonces lo que el Estado
diga qué es el terrorismo en ese momento
La palabra, el gesto, la mirada, la compostura,
el saludo, el uso del lenguaje, la vestimenta,
el vínculo con el otro, todo era terrorismo.
Todo, menos hechos concretos.
Pues, a contrario de lo que el estado de derecho
exige, la imputación por colaboración
o participación en banda terrorista, no
se refirió en ningún momento a hechos
y conductas concretas.
Y claro, en ese contexto, no iba a ser posible
escuchar un Informe que contuviera una relación
clara, precisa, circunstanciada y específica
del hecho o de los hechos que se imputaban a cada
uno de los procesados.
Porque terrorismo es, jurídicamente hablando,
una figura penal abierta, lo que no es más
que decir que nunca sabremos de qué se
trata.
El fiscal lo que hizo fue nombrar al pasar verbos
y hechos, imputables al azar a todos y a ninguno
de los imputados, sin que de ello surja ningún
delito en particular, pero del conjunto de relatos
se extrajera una suerte de imaginario, que asimile
a esos jóvenes con guerreros del mal.
Y si ellos son el mal, el Estado debe erigirse
en el salvador, contra su enemigo.
La enemistad concebida en estos términos
genera pánico (una mezcla de miedo individual
y terror social) que habilita y legitima la intervención
del estado en todos los aspectos de la vida
Se entiende entonces, esa obsesiva intromisión
de la que hablaba en párrafos anteriores.
Pero justamente, lo que se encontraba en frente,
no era un monstruo, sino una organización
política. Y las conductas que de refilón
se dejaban ver, esas, de las que se decía
al pasar que eran terrorismo, eran ni más
ni menos que formas de acción absolutamente
lejanas al tipo de hechos que puedan capturarse
desde el sistema penal.
Se trataba de acciones donde primó el motivo
de conciencia, la deliberada decisión política,
la proclama pública y altruista de un conjunto
de individuos que en tiempos de individualismo
y desarticulación, de neoliberalismo y
cultura homogénea, apostaron a la organización
y la reivindicación de derechos sociales.
Muchas de las voces que ese expediente captura,
dan cuenta de la existencia de un profundo conflicto
social. De un pueblo que se reconoce a sí
mismo como tal, que se piensa como independiente
y socialista.
Negar ese fenómeno o darle connotaciones
negativas al punto de buscar criminalizarlas,
significa, en cierta medida, perder la oportunidad
de conocer esa realidad, acercarse a sus actores,
escuchar sus voces, y construir junto a ellos,
el camino para resolver ese conflicto.
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